Descubriendo la Costa del Sol

1959821_10203096842962986_246216506_nSe me fue la cabeza, lo reconozco. De esos días en los que sales a moverte un poco. No soy de correr, soy más de andar. Me gusta disfrutar de lo que veo sin ahogarme. Ese día salía a andar desde mi casa, en Torremolinos y me dije: “¿Para dónde?”. Y se me ocurrió recorrerme los 20 kilómetros de costa que hay desde Torremolinos hasta Los Boliches, en Fuengirola. Una travesía que me dejó los pies machacados y la vista contenta. Un paisaje marítimo de colores al atardecer que volveré a ver en cuanto me recupere. Y así fue todo.

Salí de casa a eso de las 17:45 horas. Las zapatillas de running nuevas, cómodas y un chándal también casi a estrenar. Bajé desde mi céntrica casa hasta la playa. Y me recorrí el paseo marítimo hasta lindar con Benalmádena, a la altura del Puerto Deportivo. Hasta ahí todo bien. Lo normal en estos casos es andar bastante. Luego pensé: “A ver hasta dónde llego y si me canso pillo el tren y para casa”. Torremolinos fue lo primero que vi y lo tengo muy visto. Las playas, las gentes, los negocios, el paseo marítimo…Lo de siempre. Más allá solo había ido en coche y no se para uno a ver nada porque no le da tiempo.

Pasando el puerto me encontré con una Benalmádena que desconocía. Antes de llegar a la zona de acantilados de Torrequebrada, el mar te deja cosas muy bellas. Cabos pequeños que no son más que la continuación de la playa formando una pequeña bahía, cuya superficie es el hábitat natural de gaviotas y en cuyos recobecos viven moluscos o pulpos de un tamaño considerable. Con el sol de fondo, cayendo poco a poco el paisaje se volvía cada vez más bonito, como en las películas que dice mi padre.

Decidí dejar el paseo para pisar playa antes de llegar a los acantilados. Las algas le daban color a a playa mezclándose perfectamente con el oscuro de las rocas golpeadas por el mar. Allí me senté a contemplar el Mediterráneo yendo y viniendo. Me sentía muy tranquilo. Me olvidé de todo. Y me di cuenta de lo cerca que están los establecimientos hoteleros de la playa. “Las vistas que habrá desde las azoteas”, pensé.

Seguí mi camino un poco más, pase el castillo del Bil-Bil hasta llegar a la altura del Holiday. Allí, desde la altura, se veía todo mejor. Incluso descubrí la Bat-cueva: una entrada en la pared montañosa donde los murciélagos empezaban a revolotear saludando a la luna. Pasando Benalmádena, la cosa se me estaba haciendo eterna pero la radio me entretenía. Y con eso y una bebida isotónica iba tirando.

Al llega a Fuengirola, bajé por Carvajal hacia el paseo marítimo. Tengo que reconocer que las playas y el paseo de Fuengirola son lo mejor de esta Costa del Sol occidental, por lo menos de lo que he visto. Las playas son extensas, no están sobrecargadas y el paseo es amplio con los comercios y hoteles separados por la carretera de la costa. Da sensación de liberación y de espacio.

De ahí hasta Los Boliches quedaba un paso. Ya era noche cerrada y la luna se reflejaba en el mar con todo su esplendor. Me esperaba una tortilla de queso y un gran vaso de agua. Y la vuelta en tren obviamente. Eso que no me notaba fatigado físicamente, más bien cansado. La próxima vez prometo intentar llegar más lejos. A ver si lo consigo. Porque la Costa del Sol es algo más que tumbarte en la toalla a tomar el sol o bañarte en el mar. Se pueden ver cosas extraordinarias.

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FOTOGRAFÍAS: @moysanchezb

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